PUQUIO (Un angosto angoso en agosto)
Las agudas vibraciones de los violines cuales descargas de halos punzantes enmarañaban cada grave rebote de la percusión en la resonante caja que por cuerpo tiene el arpa del ande cuando el abanicar de los dedos sobre la secuencia de sus cuerdas plasmaba en el espacio el horizonte de cada bailante sumergido en la embriaguez del ancestral baile, el "Sequia Tusuy".

Cada quincena de agosto familias enteras pueblan las calles de los barrios de Puquio. Los habitantes regulares, anteriores pobladores y visitantes que llegan sólo por disfrutar del zapateo del Sequia Tusuy acostumbrado únicamente en esta parte del año cautivando hasta a quienes coincidentemente están de paso.
Salieron de la ciudad de Lima con una única consigna, llevaban consigo los planos de la cabaña a construir en esta provincia de Ayacucho, ya que poseían un terreno ahí y estaba desprotegido. Llegaron el primer día de agosto a Puquio -A 3214 metros sobre el mar- don Máximo y su hijo Marco decididos a realizar la construcción como la habían planificado. Utilizarían únicamente material de la zona para darle el toque de rusticidad buscando la afinidad que debería existir entre la unidad y su entorno. Se alojaron muy cerca del terreno a tratar, compraron los ladrillos de adobe, la piedra, contrataron albañiles y salieron a buscar lo que faltaba para empezar, la madera. Don Máximo en un trato que cerró hacía una semana en lima con el dueño de un terreno en Santa Rosa -Un pueblo a una hora de Puquio- logró conseguir un árbol de eucalipto de ochenta años así que llevaron a un diestro con la moto sierra para poder seccionar el árbol, llevaron a Demetrio Rosales -un cuzqueño dedicado a la carpintería ex operario de maquinaria pesada en una mina de oro en Puerto Maldonado de donde nueve años atrás escapó llevando consigo ochocientos gramos de oro de veinticuatro kilates por lo que hasta ahora esta siendo buscado sin poder ser ubicado dado que no usa su nombre original y esta instalado en esta parte de Ayacucho donde al llegar él y su esposa tuvieron que empezar una nueva vida-. Con excelente pulso en la espada don Demetrio logra rebanar a mano alzada, lo que debería hacer una maquina de sierra cinta a la madera, piezas de las exactas medidas requeridas, bigas, armas, cintas y umbrales como se les denominan a las piezas para cada función en la construcción de una casa allá. Habiendo completado los elementos para iniciar la construcción con un día de anticipo a la fecha pactada don Máximo y su hijo antes de regresar a Puquio deciden acampar y pasar la noche en ese punto geográfico de vista impresionante cosa que nunca habían realizado juntos. Esa madrugada el hijo de don Máximo tuvo un sueño donde se veía caminando en medio de muchos familiares adentrados en llanto y que al preguntar es rodeado por ellos y le dicen que su padre falleció. El impacto del sueño fue tal que hizo que se levantara de un salto, se limpió el rostro de las lágrimas y volteó a ver a donde dormía su padre, el espacio estaba vacío. Don Máximo se había levantado muy temprano y salido a caminar un poco hacia el sol. Aquella mañana al fin Marco encontró sentido a ese viaje a solas con su padre, dejó de
cuestionarse sobre la renuncia que hizo a su trabajo, a su rutina, a sus relaciones personales y comprendió que nada de aquello tenía tanto valor como pasar tiempo al lado de su padre como no lo había hecho nunca sin importarle si existían diferencias entre ellos porque tal vez el futuro no venga con oportunidad de volver a hacerlo. Así disfrutaría su estancia en Puquio tanto en el transcurso del día en la construcción con su padre como por las noches con la bohemia puquiana reconociendo a caminatas nocturnas las gentiles calles.
Siente muy débiles sus piernas pero tiene que seguir caminando. Como si tuviera que llegar a algún lugar en especial. Lo curioso es que siempre está caminando en todas direcciones, tal vez está desorientado. Arrastrando los muy desgastados zapatos va ayudado por un bastón deteniéndose cada cierto tramo para levantar con dificultad la mirada desde su encorvado anciano cuerpo e intentar saber donde está. Pasa por cada calle de Puquio desde las más solitarias hasta las más concurridas a todas horas y nadie lo mira pero a él ya le dejó de importar que la gente no quiera tomarlo en cuenta hasta aprendió a llevar su sordera no como una maldición de la vida como antes pensaba si no como una herramienta para no involucrarse en algo que le pudiera interesar y así aislarse sin interrumpir su caminar como anónimo testigo de cada cosa que pase en Puquio pues Florentino Basilio ha visto más de lo que quiso, hasta casi puede adivinar la rutina de todos esos rostros con los que se topa a cada paso.
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Con el frio viento nocturno de la temporada con más baja temperatura en la región golpeándole al rostro caminaba cruzando la plaza pensativo sin prestar mucha atención a sus amigos que impacientes le acompañaban el paso planeando en voz alta su noche en el lugar a donde se dirigían.
-¿Hoy hay tocada brother?-
De repente esa pregunta de un extraño desde un rincón hace que se detenga a responder mientras sus compañeros seguían caminando.
- ¿Por qué?- Responde él.
-No por nada, sólo pienso que ustedes son músicos… por la pinta -
-¡A chucha! No. Sólo vamos a un bar de aquí cerca a oír un poco de música y tomar algo. ¿Estás sólo? -
-Sí-.
-¿Quieres venir con nosotros?-
-Claro, por qué no-.
-¿Qué haces solo pe` causa? ¿Cuál es tu nombre?-
-Marco. ¿Y el tuyo?-
-George-.
George presentó a Marco a su compañía y entraron al bar "Los Balcones" donde Wilber el monaguillo servía la especialidad de la casa, aguardiente en punto de ebullición o calientito. Ya dentro encontrarían a demás amistades y formarían un buen grupo. George -Un puquiano residente en Lima estudiante de hotelería y turismo que despreocupado paseaba por su ciudad en sus vacaciones que coincidían también con las vacaciones de muchos amigos suyos que llegaban a Puquio-. Repartidos al lo largo de la barra del bar y en medio del bullicio de la música la conversación no era precisamente grupal. De pronto desde la silla de la derecha Marco escucha:
-¿No recuerdo haberte visto antes por aquí?-
-No soy de aquí- Responde.
-De razón, ¿Y de dónde eres?
-De Lima- Dice sin poder evitar notar que al pronunciar el nombre de esa ciudad su interlocutor queda pensativo, entonces decide también preguntar.
-¿Y tú, cómo te llamas?- Interrumpiéndole el pensamiento.
-Daegoro- Responde el puquiano de aires extravagantes.
Daegoro vestía unos jeans vaqueros rasgados a pesar del frio ayacuchano que mezclaba con un sombrero caribeño blanco y unos guantes negros de lana. Su rebelde estilo contrastaba con el discreto pensamiento que le llegaba al saber como se sentía un visitante. De pronto pierde la mirada a la vez que la expresión en su rostro deja notar que regresa en el tiempo logrando relatar con lucidez pasajes de sus momentos difíciles durante su estadía en Lima. Cual foráneo en una ciudad por conocer con madrugadas sobre veredas de infinitas cuadras cuando los bolsillos carecen de transporte, cual extraño entrado en momentos austeros que al llegar a su pieza le responde al hambre con el silencio de los días que lleva de ausencia la comida para a la mañana siguiente salir a buscar sobrevivir en una ciudad de transeúntes ciegos. Sentado con el codo derecho acomodado sobre la barra del bar levanta el vaso y se sirve un buen trago para volver a perder la mirada pero esta vez tiene una sonrisa como si aquellos duros recuerdos lo hicieran feliz. Citaba lugares, cruces de calles, distritos pensando que no se daba por cierto lo que decía, pero no era necesario.
Esa misma noche de Domingo Jalacha -como se le conocía en su juventud a éste puquiano cincuentón de aspecto muy descuidado- antes de irse a dormir se sirve el último trago en la cantina de doña Rosita. Luchando contra sus ganas de quedarse a beber para pugnar salir airoso de la siguiente discusión con sus compañeros de turno, Jalacha piensa en ese amigo que no ve hace treinta y cinco años y ya no le importa más quedarse porque a la mañana siguiente irá a ayudar en el trabajo a un sobrino suyo a la construcción de la casa de don Máximo a quien conoció en su adolescencia y que al saber que se trataba de él no dudó en aceptar la propuesta del sobrino. Estuvieron en la construcción el lunes a las nueve de la mañana Percy el albañil, su tío Jalacha que era su asistente y sus ayudantes. Tomaron las medidas del terreno, los honores a la madre tierra, colocar la primera piedra y comenzar a construir. Jalacha conocía de construcción por la experiencia de los largos años en el oficio. Percy por su parte siempre tuvo mucha destreza en la geometría y lo demostraba desde pequeño yendo a cada construcción en su pueblo para dejar algún alcance que resultaba siempre un acierto hasta que decide ingresar a competir en ese rubro. Mientras realiza su labor sin hablar con nadie, Jalacha piensa en cómo los años cambian las personas, piensa en cómo aquel amigo del pasado en el que estaba pensando antes de verlo ni lo había mirado. A la hora del refrigerio correspondería sentarse y compartir mesa al azar. A don Máximo le gustaba departir con los trabajadores de su casa y se había sentado frente a Jalacha en la misma mesa. A Jalacha se le ocurre que tal vez no se trataba de la persona que él pensaba, que estaba confundiendo nombres y que estaba juzgando mal a don Máximo. Entonces decide preguntarle:
-¿Su hermano es don Alberto?-
-Sí- Responde don Máximo-.
-Entonces... ¿Usted vivió con su hermano en su adolescencia en la pensión de don Cassalino Tito?-
-Sí, ¿Cómo sabes eso?- Dijo don Máximo estupefacto sin esperar respuesta inmediata.
La sola mención de esa parte de su vida puso a don Máximo a recordar su adolescencia viviendo hospedado con su hermano en una pensión de Puquio durante sus estudios secundarios. Se le vinieron a la mente imágenes de sus palomilladas durante aquellas tardes puquianas recorriendo a bicicleta las accidentadas empinadas calles de extremo a extremo cuando entonces quedaba más corto recorrerlo. Recordó las acostumbradas chacotas nocturnas en grupo que le hacían tanto reír con los amigos del barrio. ¿Qué será de ellos? -Se preguntaba-. Entonces sintió curiosidad por saber que había sido del más palomilla del grupo, de aquel solitario desvergonzado que si decía algo era sólo para hacer reír al grupo con el más grotesco humor que se aplica a un chiste rojo de grueso calibre dirigido a cualquiera de sus amigos. ¿Qué será de él? -Se preguntaba don Máximo-. De pronto al retomar su almuerzo se dio cuenta de que aquel extraño que le hizo desempolvar recuerdos sabía algo y que entonces debía preguntarle por aquel amigo.
-Tú preguntas por mi hermano porque sabes algo -Le dice don Máximo-. ¿Tú sabrás algo de la vida de un tal Jalacha? -Le pregunta-.
De repente en Jalacha el anterior pensamiento que tuvo mientras trabajaba por la mañana cobró otro sentido: "Cómo los años cambian a las personas". Frente a frente don Máximo esperando respuesta viendo a los ojos a aquel hombre entrado en años, Jalacha viéndose reflejado en cada arruga que miraba en el rostro de don Máximo notándose no ser el mismo joven de ayer pudo sentir como se veía y sabiéndose el viejo en el que sabía se había convertido avergonzado respondió titubeando:
-Con él estas hablando-.
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Los minutos pasaban y la cita de las siete de la noche estaba cada vez más cerca. Recorrer con poco tiempo todas las cantinas acostumbradas por su marido era el paso previo para Lorena la mujer de el gordo Renato, cerciorarse en que cantina estaba sentado y que el esposo esté bien adentrado en su tertulia alcohólica de cada noche era lo propio para poder acudir con soltura a la cita con su amante. Renato, un trompetista integrante de una orquesta de música folklórica con cierta trayectoria en Puquio que con la falta de eventos en su rubro en el mes de agosto sumada a la escasez de otros modos de ingreso económico hizo que se decidiera a trabajar en la construcción de don Máximo como ayudante de su amigo Percy el albañil. Su contextura gruesa le ayudaba a soportar el rigor de las exigencias de el pesado trabajo lo cual según teoría de los mismos trabajadores se contrarrestaban con un buen trago de aguardiente pero que el gordo Renato no lo dejaba en solamente un buen trago. Al finalizar las labores diariamente el gordo Renato a veces convenciendo a algún compañero a veces solo salía con dirección al Congreso como se le llamaba a la plazuela del barrio de Ccollana que tenía a todo el contorno una seguidilla de cantinas de la peor reputación siempre pobladas por los más denigrados bebedores que no dejaban de aparecer a toda hora del día y la noche algunos dentro de una cantina aún de pie otros durmiendo tirados en las veredas. El gordo Renato acostumbraba alternar las cantinas donde se le servía mayor cantidad por el mismo precio pero hacía dos semanas que sólo entraba a la cantina de doña Rosita y es que la señora de alguna manera había despertado en el gordo cierto interés. Doña Rosita, una cuarentona mujer madre soltera que mantenía a sus dos hijas con los ingresos de su cantina. Cierta noche Marco sintió curiosidad por aquel Congreso del que tanto se hablaba así que se dejó convencer por el gordo Renato visitar la cantina de doña Rosita. En el lugar el gordo muy empoderado irrumpe saludando en voz alta a todos los bebedores y les presenta a Marco uno a uno a la vez que pide una botella de aguardiente para asegurar la participación. Uno de los bebedores muestra incomodidad ante la visita de un extraño cuestionando la presencia de éste en ese lugar tan exclusivo dándole al ambiente algo de tensión que en seguida es disipada por un personaje ciertamente alturado quien se presenta como el profesor José Luis y que al parecer era el que ponía la pauta a la mesa. Pide disculpas por la conducta de su compañero e invita a sentarse a Marco para luego continuar con el tema que se tocaba. Como una especie de kamikaze vio Marco a José Luis que estaba sumergido en ese marginal mundo etílico departiendo con personas que aparentemente no llegaban a abarcar juntos lo que el sabía. Mientras más se le escuchaba hablar a José Luis mas parecía que estaba ahí debido a un objetivo muy personal. Respondía cada duda de sus compañeros con total conocimiento del tema y asegurándose que su explicación quedase bien registrada en sus oyentes. Corregía modales, posturas, léxico en sus compañeros que agradecidos ponían en practica lo sugerido por el. Confesó ser un adicto a la literatura inglesa clásica, al modernismo y a Gonzales Prada con terminar una especie de ponencia a cerca de la literatura como vehículo de aprendizaje sobre la realidad social en las regiones andinas donde en lugar de aplausos y condecoraciones recibía mas y mas brindis en agradecimiento a su a todas luces sacrificio de hundirse en el oscuro infiernillo con ellos para hacer de esa caída masiva una caída digna de gente que curiosamente a pesar de su realidad se interesa en exquisitos asuntos. Marco se retiro contento del lugar dejándolos en lo suyo después de un alturado alcohólico debate sobre la cultura etílica de Brice Echenique.
Don Florentino Basilio siente estar muy cerca de a donde se dirige atraviesa como siempre las escenas que pueblan las calles sin detener su caminar, pasa por la calle más comercial del centro el jirón Tacna una noche común, nada fuera de lo normal gente cenando lo que al paso puede encontrar, algunos calentándose en la esquina en el kiosco de emolientes, indigentes que a rastras se acercan al calor de la parrilla de la señora que vende anticuchos, un par de niños canillitas que fueron derrotados por la noche con periódicos de la mañana en las manos viendo desde fuera a una familia cenando en la pollería de grandes ventanas de vidrio. Ahí dentro sentado con su familia en la pollería, Fritz -un estudiante de medicina que por vacaciones regresaba a Puquio- aún tenía en la mente imágenes de Cuba donde estudia, aún podía verse entre sus compañeros de estudio o sentado en aquel cálido bar de la isla con una cerveza estadounidense que antes veía en películas, no podía evitar hacer mentalmente analogías entre realidades cubanas y puquianas que le hacían esbozar una sutil sonrisa por las diferencias sin percibir que su padre le había hecho una pregunta mientras los murmuros de los comensales terminaban por saturarlo para desear ya terminar de cenar e ir a visitar a sus amigos que estarían en algún lugar de Puquio pues había quedado en verse con ellos.
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De pronto estaba nuevamente en medio de otra discusión con su padre donde las principales razones ni se mencionaban en los gritos del señor. Nieves sabia que tenia la razón sobre los recuerdos que su madre dejó, que deberían haber quedado intocables. Su padre por su parte alegaba que las cosas materiales deberían ser funcionales. Salió airada de su casa encontró a su amiga Nilda y se dirigieron hacia la plaza. Ahí se toparon a George y a Fritz quienes hicieron con una jocosa charla que Nieves olvidara su mal momento. Entrada la noche Marco se apresta a su rutina diaria al cierre de un día laboral, caminar hacia la plaza y encontrar un lugar para servirse algo de beber que ayude terminar con el tedio. En la plaza se encuentra con Nieves, Nilda, George y Fritz, uniéndose a la charla en medio de la pérgola a la mitad de la plaza. Un destello en el nocturno cielo puquiano se entrometía en la conversación.
-¿Y eso?-Preguntó Marco-.
-El Sequia Tusuy- Murmuró respondiendo George-.
-Esos fuegos artificiales salen del barrio de Chaupi- Acotó Fritz-.
Desde cada dueto de arpa y violín que consecutivamente se posicionaban a lo largo de las calles o plazas de cada barrio donde se celebra se emanaba enérgicamente el bullicio de fiesta que llegaba encantando a mas personas quienes atraídos como objetos hacia un remolido absorbente se dejaban atrapar por el epicentro más cercano y es que el solo pasar por una calle tomada para el baile significaba atravesar cautivado un mar humano constituido por círculos de baile uno tras otro donde cada circulo baila al ritmo de su propio dueto. El grupo de la pérgola creció y ahora desde una de las mesas del pub "Sui Generis" se olvidaban de sus preocupaciones y se entregaban a una noche de sábado en sano esparcimiento con un buen número de amistades. La música en el ambiente que venia de una grabación de repente es terminada abruptamente haciendo que las pocas personas en el lugar voltean a ver hacia el fondo en el pub, hacia la mesa de D.J. Cisco que empezaba su sesión con algo de su repertorio, un pegajoso Dr. Alban y su tema No Coke donde hace mención de una serie de drogas y que a su vez puso a bailar al pub. Era divertido observar como Francisco o D.J. Cisco –Un puquiano estudiante radicado en Ica- empezaba algo tenso como si le quedara algo de ese pánico escénico tan presente en sus inicios y que conforme su amigo Joel le alcanzaba unas cervezas o si el mismo las ordenaba iba relajándose más sea por el alcohol o sea por la aceptación de sus mesclas por la gente que como por magia o casualidad apareció abarrotando el lugar. D.J. Cisco sabía que los gustos del público en Puquio son muy variados y que el hecho de estar dentro de una misma discoteca de las escasas allá no se debía precisamente a su línea con el género de la música si no exactamente a que no existían muchas discotecas. Sabía que tanto sea música para bailar estaba bien. Avanzadas las horas, avanzadas las copas se le podía ver mas sensible a los sonidos bailando hasta con movimientos de las manos que al compás del tiempo de la canción que escogía iban desarrollando una especie de coreografía tan sincronizada entre él y su tablero. Su amigo Joel –Quien estudiaba junto a Francisco en Ica- por su parte no podía estar tranquilo pensando en que en algún momento apareciese la mamá de su hijo a quien le dijo que viajaría a Ica esa noche y lo viera haber aceptado trabajar por esa noche en el bar a la dueña. A Marco, que no bailaba, se le ocurre hacer un espontaneo dibujo de un rostro en un papel que sacó de su bolsillo y con un lapicero que Miguel -Uno de los amigos con quien también compartían mesa en los pubs puquianos- le presta. Al terminar el dibujo Cynthia -A quien Marco conoció esa noche- le pregunta por el dibujo:
-¿Quién es?-
Hasta ese momento Marco no había pensado en el personaje que dibujó y desde la pregunta de Cynthia tomó el papel nuevamente para examinarlo pudiendo relacionar el dibujo con una muy vieja foto que vio colgada dentro de una bodega donde aparece un grupo de personas rodeando a un arpista, el personaje de su dibujo era muy parecido al arpista que llamo su atención en la foto además de una inscripción que decía: "Cumpleaños de Julia A. celebrado con Lorucha". En ese momento Marco decide retirarse de la mesa para ir a ver a los conjuntos de arpa y violín. Afuera nuevamente ese contraste tan marcado con respecto al interior de un pub lleno de gente y con temperatura elevada a las tres de la mañana pero no por eso más interesante que una calle del centro a esa hora donde muestra su autentica personalidad de intimidante atractivo. En otras madrugadas no había visto que la gente transitara tanto, mientras se iba adentrando a un barrio de fiesta constataba lo que mucho había escuchado hablar acerca de ello. Entró a la calle principal del barrio de Chaupi y vio la enorme humareda que cubría los aires de la calle iluminada con los brillos de cuerdas en tanto que como estribillos mágicos los zapateos cual rugidos voraces de más adeptos lograba redondear un verdadero ritual ancestral al agua. El Sequia Tusuy es una celebración del pueblo en honor a que el agua que es traída desde muy alto. Esta celebración parte desde que la población llega hasta la t
oma de agua y acompañando el recorrido se baila y se bebe después de ofrendar alimentos hasta llegar al pueblo en un acto que se conoce como Angoso.
No puede evadir el nerviosismo, le sudan las manos y siente mucho frio, recuerda las palabras de su hermano diciéndole que no vuelva a tocar lo que no es suyo pero su optimismo pudo convencerlo. Pone toda su fe en ese último tiro que le queda, ve sus manos cuarteadas por el frio rosando el polvo en el suelo. Ahora a punto de verse como el más minúsculo ser frente a las burlonas risas de los testigos que por compañeros tenía Rodrigo, sólo podía darse por quebrado. De pronto el grito al unísono sólo terminó por liquidarlo ¡Tongao! -que es como se le dice al perdedor en el juego de canicas- pues Rodrigo había perdido el ultimo de los veintisiete daños como se le conoce a las canicas allá. Odió la elipse dibujada en el suelo polvoriento que regía el juego llamado Troya, odió el sabor de aquella tarde de domingo. Rodrigo -Un niño de ocho años que escapaba de su casa por ir a jugar ya que en el colegio tenia tan buen rendimiento, a diferencia de en el juego, subestimaba las represalias en casa por salir mucho-. En casa la madre decidió arrendar habitación de Rodrigo a don Máximo y a su hijo lo cual al principio lo puso incómodo pero que al final comprendió que el beneficio era para su familia. A veces hasta ganaba propinas ayudando en pequeñas cosas que sin dificultad las hacía en la construcción de don Máximo. Ese Domingo Rodrigo derrotado, sin una sola canica en el bolsillo practicaba frases explicativas de su pérdida en el juego para decírselas a su hermano que de seguro lo recriminaría porque las canicas eran suyas, caminaba en sentido contrario a su casa pues no quería llegar aún. Pasa por una bodega y oye que por la radio local están por iniciar la transmisión de el partido de fútbol por las eliminatorias interprovinciales que daba paso al torneo por la Copa Perú entre el equipo de Chincha y el María Arguedas de Puquio, no lo piensa mucho y se encamina hacia el estadio a pocas cuadras, en la puerta se le ocurre suplicar a personas mayores en la fila de entrada lo ayuden a hacerse pasar por hijo suyo. Después de fracasar en varios intentos al fin logra que un señor con todo agrado lo haga pasar por su hijo. Las bases del campeonato decían que los partidos entre dos mismos rivales se jueguen en ambas localidades un partido de ida y otro de vuelta, el de ida fue en chincha donde el equipo chinchano consiguió derrotar al equipo puquiano por seis a cero, ahora se jugaba el partido de vuelta y definitivo. Puquio gana pero la diferencia es mínima el publico furioso lanzaba improperios hacia el comando técnico y a los jugadores y aunque estuvieran descontentos por el resultado nadie se movió de su lugar por esperar resultados en otras canchas a ver si la noticia de la clasificación a una fase mayor por diferencia de goles se daba, y así fue. Rodrigo ya había salido mucho antes del estadio caminaba iracundo por como las cosas salían para él ese ultimo día de sus vacaciones de medio año. De seguro que en casa estaban ya preocupados por él, y él lo sabia pero a pesar de eso el remordimiento era tan grande que no se veía entrando a su casa aunque ya fuese de noche. De pronto la explosión de una bombarda en los aires le hace recordar que es el último día también del Sequia Tusuy.
De alguna manera se veían llegando a ver el baile ese último día. En medio de mucha gente como individuos y rodeando a otras gentes como parte de la multitud. Estaban ahí don Demetrio Rosales y su esposa que intentaban bailar como puquianos, Don Máximo y su hijo que se calentaban con alcohol viendo el espectáculo desde un lado, Nieves pasaba con Fritz y George sin animarse a bailar, el D.J. Cisco acompañaba en el baile a su familia que eran uno de los anfitriones en esta edición, el gordo Renato corría en medio de la gente borracho y ofuscado buscando a su señora porque alguien le había dicho que la vieron con otro, Jalacha bebía solo desde una botella descartable que le hacia desafinar en el zapateo cuando se la llevaba a la boca, Cynthia y su madre aparecían tímidamente, Rodrigo encuentra a su madre, a sus hermanos y a su abuela de quien se aferra en un acto de regocijo. Don Florentino Basilio un tanto disconforme con las nuevas tendencias que adoptaba la tradicional música, pero participe al fin, siente que ha llegado a donde quiso, se ubica en un rincón acostumbrado a que nadie, a pesar de la muchedumbre, lo recuerde como el mejor arpista de la provincia de Lucanas que fue alguna vez. Hacía bastante tiempo que nadie le dirijía ni mirada ni palabra alguna haciendo que ese intenso frio en sus huesos se vuelva más insoportable. De pronto un grito lo alerta: ¡Lorucha!, ¡Lorucha!. No es posible -Pensó-. Alguien lo llamaba por el sobrenombre que lo hizo conocido en su tiempo. Era Saturnino Pariona el violinista que lo acompañó en sus mejores momentos haciendo dueto. Se ponen frente a frente y después de observarse fijamente voltean a mirar como el escenario y el publico que fue suyo ya no los necesitaban más. Recibió con mucho entusiasmo la compañía don Florentino Basilio o Lorucha como se le conocía y pudo notar que Saturnino Pariona no decía nada como si estuviera acostumbrado al silencio de las personas. Tal vez él podría explicarme qué le pasa a la gente - Pensaba- y le preguntó:
-Sato... –Que era como él lo llamaba- ¿Estás mucho tiempo aquí?
- No mucho- Respondió Saturnino- Yo he muerto después que tú.

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A la mañana siguiente con canastas de pan en forma de Aríbalos Inca en las puertas de las bodegas, los cientos de escolares poblando las calles decían de otra etapa en Puquio, las espectativas que despertaba el Sequia Tusuy en la rutina puquiana tanto en los dias previos como durante su apogeo se habían disipado de tal manera que no existían ya más comentarios sobre ello. Ahora se respiraban otros aires.
