Señor de los temblores: PACHACAMAC
El uno de agosto llegaba y había que responder si podría acompañarle en un viaje que imaginó con mucha expectativa deseando se realice. No negaré que la idea llenaba de especulación mi congestionada rutina falta de nuevos climas, por lo que la aceptación era casi un hecho; lo único que resultaba difícil de acceder era que alguien con quien yo quisiera compartir esos días decidiera acompañarnos aunque a pesar de no conseguir eso sabía que me iba a abalanzar a ese viaje de cualquier manera. Transcurrían los últimos días de julio y el abandonar la vieja ronda era ya una necesidad. Pero hubo un ingrediente insípido dentro de la redondez de la idea, era aquel sentimiento negativo que tuve al pensar en que algo muy oculto iría a pasar al pensar que la tierra quería “nuevos huéspedes”. Entonces una familiar necesidad despertaba mi duda la cual tuve que disipar. Pacté con una persona amiga ir a las ruinas de Pachacamac a donde se sabe acudir antes de salir en viaje. Como de costumbre se nos negaba lo que nosotros podemos negar y lo que nunca quisiéramos se nos niegue, fui solo a las ruinas aquella mañana de lunes después de fiestas patrias. Caminar por sus sendas, entrar al laberinto del acllahuasi, subir al templo del sol y poder entrar en comunicación con el padre de la hija transformada en isla junto a sus hijos para pedir permiso de salir. Me sentí satisfecho y seguro de regresar con la aceptación. Aunque la duda sobre la conducta de la “pacha” permanecía sabía que ya no se dirigía a mi; así que llegado el último día de julio y vencido mi plazo, hice esa llamada que comunicara mi decisión de acompañarle en su viaje al cual haría también en mío.
Todo estuvo dentro de lo normal en el trayecto y en la llegada, mas no en la situación de aquel lugar que considerábamos nuestra casa cuando estábamos en Cusco: “la chola”, ubiqué a Betty en otro lugar, muy fuera del contexto de la arquitectura que se debe respirar allá. Disfrutamos de las noches que sin interesar que días sean siempre tienen espíritu de sábado. Hicimos “Valle Sagrado” hasta Macchu Picchu y luego dar media vuelta. El regreso nos tuvo días después de lo pensado, pero regresamos, y satisfechos de haber hecho buenos amigos a nuestro paso, los cuales harían de ese pequeño viaje algo muy especial después en Lima.
Ya de regreso a ese esperado entorno de recorrer horarios, actitudes propias y ajenas encasilladas, las personas muy allegadas encaraban noticias recientes con el trayecto de la llegada a Lima. La verdad es que a partir de ese día estaban sucediendo accidentes de tránsito muy violentos en esa parte de la panamericana sur que pertenece a Ica, con más muertos que heridos. Lo cual a pesar de estar algo alejado era un hecho que resultaba misterioso ya que solo
pasaba en esa jurisdicción: un choque de dos buses interprovinciales en el tramo Camaná – Pisco; otro entre un camión y un bus en el tramo Nazca – Ica; otro de dos interprovinciales en el tramo Chincha – Ica; todo en menos de una semana para luego quedar todo olvidado por la opinión pública. No hubiese imaginado que se trataría de algo más grave para la población de allá si no lo hubiese sabido, ahora pienso que a ese punto del país le tenía que pasar lo que nadie supo porque le tuvo que pasar. Después de unos días de calma llegó el terremoto.
Todo estuvo dentro de lo normal en el trayecto y en la llegada, mas no en la situación de aquel lugar que considerábamos nuestra casa cuando estábamos en Cusco: “la chola”, ubiqué a Betty en otro lugar, muy fuera del contexto de la arquitectura que se debe respirar allá. Disfrutamos de las noches que sin interesar que días sean siempre tienen espíritu de sábado. Hicimos “Valle Sagrado” hasta Macchu Picchu y luego dar media vuelta. El regreso nos tuvo días después de lo pensado, pero regresamos, y satisfechos de haber hecho buenos amigos a nuestro paso, los cuales harían de ese pequeño viaje algo muy especial después en Lima.
Ya de regreso a ese esperado entorno de recorrer horarios, actitudes propias y ajenas encasilladas, las personas muy allegadas encaraban noticias recientes con el trayecto de la llegada a Lima. La verdad es que a partir de ese día estaban sucediendo accidentes de tránsito muy violentos en esa parte de la panamericana sur que pertenece a Ica, con más muertos que heridos. Lo cual a pesar de estar algo alejado era un hecho que resultaba misterioso ya que solo
pasaba en esa jurisdicción: un choque de dos buses interprovinciales en el tramo Camaná – Pisco; otro entre un camión y un bus en el tramo Nazca – Ica; otro de dos interprovinciales en el tramo Chincha – Ica; todo en menos de una semana para luego quedar todo olvidado por la opinión pública. No hubiese imaginado que se trataría de algo más grave para la población de allá si no lo hubiese sabido, ahora pienso que a ese punto del país le tenía que pasar lo que nadie supo porque le tuvo que pasar. Después de unos días de calma llegó el terremoto.
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