Sunday, March 11, 2007

Una pastilla para el hígado.

La invitación tuvo un sabor agradable imposible de evitar acceder. Él tuvo que aceptar porque deseaba hacerlo a pesar de ese incomodo sentimiento que involucraba su manera de evadir responsabilidad mutua propia del machismo según lo llamó ella en algún momento cuando les tocó hablar de aquello esa noche. Sentimiento que lo acompañó desde que salió hasta que llegó a casa.

Se encontraron en el lugar pactado y salieron juntos a donde ella lo llevaría. Ya en un ambiente familiar ajeno, con visitas amistosas de conversaciones cotidianas, él sentía que la pregunta se le presentaba a segundo. ¿Qué hacía ahí?, un extraño en medio de un grupo de amigos. Seguramente suponer que ya habría vivido eso y convencerse de no haber sido el único. La respuesta, muy sencilla de sentirla, tan difícil de aceptar que era cierto. Él estaba ahí por ella. El motivo de la reunión grupal una salida nocturna a la playa celebrando el cumpleaños de uno de sus amigos. La salida se hizo esperar, la impaciencia no. Tardaban en llegar los últimos invitados. Decidieron tomar algo frío hasta partir así que llegaron a una bodega contigua a la casa, se sentaron y pidieron cerveza. Por alguna razón él sentía que ese momento sería el último que tendría con ella a solas aquella noche y estaba decidido a no desperdiciarlo. Claro que tenían compañía afuera pero no resultaba ser impedimento, no estaban ahí para él, se sentía muy cómodo solo con ella, sentado ahí a su lado. Todo ese tiempo viéndola, oyéndola hablar, queriendo conocerla más. De repente dejó de escucharla, dejó la conversación, solo miró su rostro detenidamente para entonces poder creer estar viéndola en su niñez (según, ella lloraba disgustada por una discusión que tuvo con su hermano y se refugió en un ambiente de su casa mirando desde una ventana que daba hacia la parte de atrás). Aquella sensación le hizo desear darle un beso en la mejilla y abrazarla prolongadamente acariciando su cabello, acariciando su rostro. Sonó el celular otra vez, ella contesta, su enamorado nuevamente. Muestra actitud de incomodidad lo cual hace que él asumiera una situación de extra. Por lo sucedido resultaba fácil saber que el enamorado seguía sus movimientos sin conciliar calma, no era para menos, así que decidió ponerse en camino hacia ellos. A éste él lo conoció un tiempo atrás en una sala de ensayos musicales, le había caído bien y trataron un par de veces más. A ella la conoce hacía poco, también trataron un par de veces en persona pero además intercambiaban diálogo por internet lo que hacía que estuviesen en contacto algo frecuente. Podría resolverse la supuesta situación de confusión con la sencillez que la lógica permite, con la simplicidad de los hechos y por supuesto obviando las conjeturas que la noche sugería. En resumen, bajo todo punto de vista imparcial, lo que se intentaba establecer con aquella salida era una amistad. Pero por alguna razón, tal vez errónea, él debió sentir algo distinto y si se hubiese puesto en lugar de el enamorado desde el principio nunca debía seguir el camino de su mirada para ser conducido a ese mundo donde se reúnen las almas que quieren conocerse, ese mundo escondido por muchos, aquel mundo extrañamente acogedor lleno de luces que sonríen sinceras de ser luces, ese mundo de cortinas trasparentes donde pensó encontrarla y se vio solitario por creer que se podía entrar con esa combinación. Ya con el enamorado entre ellos, o mejor dicho, ya él entre la pareja se crearía una trilogía anímica divergente. Se dirigieron hacia el sur, a dar el alcance al grupo que se marchó minutos antes. Llegaron. Km. 42 de la panamericana sur, playa el Silencio. Todos los pensamientos que habrían surgido en él tomaron forma inesperada, la tentadora idea de pasar un sábado de fogata en la playa con alguien agradable, combinando visiones particulares nuevas con su personal forma de adaptarse a una noche que siempre recibe con expectativa las caricias de la mar para con el fuego, no resultaría. Fue como si la risa del tiempo se burlase de él. Cualquier cosa que hiciera en adelante no serviría para revertir la situación. Se veía a la mitad de un conflicto de conceptos propios contrapuestos, en medio de dos fuerzas suyas incompatibles: Si quedaba bien con ella quedaba mal con el pata y viceversa. Eso es todo lo que veía. Entonces decide quedar mal consigo mismo y con todos a su vez. Todas esas voces internas conflictivas tenían que desaparecer. Se ensimismaría y derrotaría su conciente con alcohol. Ates de integrarse al grupo entraron a una tienda de abastos, ellos compraron leña y él Vodka, se estaba llevando a cabo su idea. Encontraron el referente de la posición de el grueso, altura del restaurante alba-mar. Ahí estaban, fuego, bullicio, saludos. Una botella de 750 ml. sería más que suficiente, no podía soportarse más tiempo a sí mismo. Una especie de sentimiento de culpabilidad era el autodiagnóstico. La receta, el desprestigio como persona. Sentía que el ridículo que haría sería mayor y mucho peor que la parafernalia de la historia, lo que opacaría su supuesta mala posición. Contradijo la lucidez de algunas personas, se burló de de quienes no se burlan en silencio y con risas, bailó cuando había que hablar y habló cuando había que bailar, habló de más, olvidó lo que se tiene que tener siempre presente, recordó en voz alta placeres particulares en calidad de entrometido; era sin duda un desastre... sin rumbo, sin entorno.

Ya de mañana y por esos azahares de la vida todo aquello de la noche quedaría aún más pequeño con lo que le diría a la persona que debería ser atenuante de su malestar, compañera de su desaire y no receptora de sus lamentos, aquella linda chica con la que empezó la noche de ese sábado. Como si con un movimiento de fichas el ser humano pudiera estar seguro de haber logrado forzar el rumbo de lo trazado, él estaba convencido de haber hecho algo que mejore su inestabilidad emocional de la noche. Entonces una frase salida de algún lugar de sí mismo le demostró en mayúsculas que todo estaría peor de lo que imaginó. Dijo no querer tener excusa que signifique motivo de volver a verlos. Nada más lejos de lo que en realidad sería. Con eso encima suyo estaba muy difícil que ella acepte volver a verlo. Los días pasaban y en cada uno de ellos él pensaba más en esa mañana. Los días seguían pasando la fuerza con que recordaba todo lo referente disminuía pero la intensidad con que recordaba a aquella linda chica y su nombre era mayor.

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